Hay días, temporadas, en los que nos levantamos por la mañana y nos sentimos los reyes o reinas del mundo. Estamos encantados con nuestra vida, nuestro trabajo o estudios, amistades, pareja, con nosotros mismos… Lo que se dice «estar en la cresta de la ola».
En cambio hay otros en los que nos encontramos fatal. No nos gustamos nada, pensamos que nuestra vida y lo que hacemos no tiene sentido, nos tiramos todo abajo.
¿Te pasa?
Hay veces que hasta dentro de la misma semana o del mismo día, tenemos momentos de estar arríbisima, y otros de estar en el subsuelo.
¿Podría ser que cuando te encuentras arriba, muy arriba, sintiéndote el rey o la reina estés sobrevalorando aspectos de tu vida? Es decir, idealizando.
¿Podría ser que cuando te sientes abajo, ahí donde casi que odias todo de tu vida estés infravalorando aspectos de tu vida? Es decir, devaluando.
Esta dinámica, a la que en terapia yo la suelo llamar “el balancín”, suele resultar agotadora para las personas en las que predomina.
Estas subidas y bajadas tan bruscas, suelen acompañarse de pensamientos muy críticos, exigentes y rígidos tanto con uno mismo como con los demás.
Si te paras a reflexionar un momento, ¿puedes encontrar algunos de ellos en tu tren de pensamiento?
Algunos ejemplos pueden ser:
A la hora de idealizar, por ejemplo, el deporte o el ejercicio físico:
- Tengo que entrenar 5 veces a la semana 🡪 Cuando entreno 5 veces a la semana soy fuerte, soy disciplinado, me preocupa mi salud…
- Tengo que cumplir con los kilómetros, el número de repeticiones, el número de pasos, la cantidad de peso a levantar, la cantidad de kcal quemadas, el tiempo… (introduce aquí tu objetivo) 🡪 Cuando cumplo mi objetivo soy perseverante, soy una persona que se esfuerza…
- Tengo que hacer descanso activo, los días que no entreno, tengo que salir a caminar, nadar, moverme durante X tiempo
Cuando se cumplen sistemáticamente todos los “tengo qué”, quizás uno se siente en la cresta de la ola. Se identifica como fuerte, disciplinado, que se cuida, perseverante… Y no sólo en el ejercicio, lo extrapola a otras áreas de su vida, hay como un chute de amor hacia uno mismo, una sensación como de que “todo está bien”.
Pero, ¿Qué ocurre cuando no se llega?
Quizás porque una semana estuvo enfermo, aparecieron planes improvisados, tuvo una temporada de estar más cansado, o tuvo unos días donde no le apetecía…
Cuando estas ideas sobre uno mismo son rígidas, cuando uno no las cumple, entra en el patrón de la devaluación, que puede responder a fórmulas de pensamiento como:
- Te has descuidado
- Es que no tienes disciplina
- Eres un vago
- No te estás esforzando lo suficiente
- Al final dejas todo lo que haces
- Eres un flojo
Al no cumplir con el ideal, a través de una crítica interna devaluadora, uno se “tira al suelo”. Es muy frecuente, que cuando esto ocurre no se limite sólo al ejercicio físico. Sino que sin darse cuenta, uno empieza a extrapolarlo a todo.
Es como si la crítica interna devaluadora, cogiera una lupa, se pusiera en plan detective y empezara a repasar la vida de uno. Y va cogiendo los detalles de cada cosa, para demostrarle a uno que “ves eres un vago”, “ves no te esfuerzas lo suficiente”…
Cuando una persona entra en este tren de pensamiento suele sentirse desesperanzado, decepcionado consigo mismo, frustrado, cansado, desilusionado… Es como que se cayó del “muy bien”, se dio un golpazo muy fuerte.
Ese golpe puede generar que esas emociones se vivan de manera muy intensa. Estas fomentan que la persona quiera dejar de sentirse así, lo que a menudo puede llevarle a volver a cumplir todos los “tengo que”.
Así se genera un circuito de funcionamiento que resulta agotador, y que puede resultar una especie de cárcel particular.
¿Hay algo que ayude a frenar este circuito y a salir de él?
Puede ayudar permitirnos tener espacios en los que podernos pensar. Pensar es gestionar, es darle un sentido a lo que nos pasa. Tratar de hacerse consciente de este funcionamiento, entender de dónde puede venir y buscar introducir cambios de ruta para flexibilizarlo y abrirlo. Progresivamente vamos tomando el mando de ese tren sin volante ni frenos que nos lleva arriba y abajo.





